La hojarasca, de García Márquez

Nuestro profesor de literatura del instituto ( don José Luis de la Nuez, al cual rindo homenaje con esta letras), cuando contábamos entre 16-17 años, nos propuso la lectura colectiva, en voz alta durante la clase, de esta novela. Este profesor, recién horneado por la universidad, olía a nuevo y a progre, algo peligroso en el curso 1973/74. Sus gestos, su personalidad, incluso su atractivo, aunque todos éramos aún, formalmente, del sexo masculino, atraía mi atención y la lectura gustó, en general, a los compañeros de pupitre. El único ejemplar, excesivo recurso para la época, pasaba de una voz a otra, leído por turnos. Agradecimos dejar el tostón teórico de subrayar nombres, autores y fechas de literatura universal en el gordo libro de texto. Pero no era fácil siempre seguir atentamente la lectura, cuando el cansancio o la torpeza del lector de turno nos distraía. Luego, el nivel culto del vocabulario nos hacía tratar de intuir significados por el contexto, en palabras aún no holladas por nuestros vírgenes oídos y cerebros. A actividades como esta, y otras como alguna representación teatral que realizamos con él y con otra profesora, se debe culpar, en parte, del cambio de rumbo de mi vocación. Yo, hasta entonces, amaba la química, la estructura enciclopédica del átomo me hechizaba, y era el favorito del profe de física y química (vaya también homenaje para él). Pero la adolescencia es muy traicionera, y las ciencias no me aclaraban nada de mis problemas emocionales y personales, primer amor, timidez, soledad, rebeldía, intuiciones sobre misterios vitales, sufrimiento, enfermedad, muerte de la abuela con la que compartí habitación, y las cuestiones últimas sobre la existencia humana. “La horajasca”, su lectura en aula, luego en modesta edición barata de Rotativa, supuso uno de los peldaños o rocas del desvío de la vocación. Caída del caballo de un frustrado científico. La vida no se veía ni en los números, ni en las fórmulas físico-químicas. Muchos de mis ex-compañeros son hoy médicos, matemáticos, etc. Pero la ebullición juvenil del aula, repleta de tetosterona, dio sus frutos también en la más femenina de la carreras universitarias: Filología, en este servidor. El profesor de química, don Valentín, asturiano, porque las islas disfrutaban del concurso y aportación de profesores de leches de todo el Estado (después el nacionalismo canario los llamaría “godos”; curioso, unos godos canarios, llamando godos a los peninsulares). Maestros y profesores de instituto, también de universidad, represaliados por el franquismo y los de la falange, no hay mal que por bien no venga, vinieron a parar, quizá contra su voluntad, a estas islas canarias. ¡Cuánto les debemos a estos profesores más o menos republicanos! Maestros, homenaje a los don Manuel García y don Manuel Jiménez, éste andaluz, vecino de mi casa, que recitaba de memoria gesticulante el Romancero Gitano de Lorca. Estas líneas autobiográficas quieren dan a entender, muy encarnadamente, que la educación no la podrán dar nunca los robots. Deben ser maestros y profesores de carne y hueso, con sus tics, manías, personalidades, sus vidas. Porque los adolescentes, bullentes de vida, si pueden escuchar a alguien, es a otro ser vivo como ellos. Maestros y profesores, sea cual sea su edad, plenos de vidas conflictivas, o incluso desgraciadas, pero los niños y adolescentes, aprendemos mucho también de los que no se nos dice, pero nosotros lo olíamos, olíamos el alcohol y el puro de don José, pobrecillo, víctima de estas sustancias y de su todopoderosa regla de gruesa madera, “doña generosa”. con que la que golpeaba generosamente manos abiertas o cerradas, por no sabernos los verbos. Dirán: ¡qué sádico!, pero yo lo recuerdo con cariño. Sabíamos si venía contento, triste o enfadado, decían de las vicisitudes de sus amores ,por su modo de caminar sobre las maderas del suelo.  Su destiladora, delante siempre de su mesa, nos mostraba la maravilla de la química del vino descompuesto en alcohol y vapores. ¡Yo no sería yo sin mis maestros, profesores, compañeros, bedeles, personal de cafetería, una fraternidad no reconocida hasta que uno, desde la distancia, un poco más madura y reflexiva, sin nostalgia, pero con mucha gratitud a esos seres humanos, incompletos, imperfectos, conflictivos, humanos, corazones ignorantes de su propia generosidad los contempla como seres indispensables en la formación intelectual, moral, humana y espiritual de quienes hoy les debemos tanto.

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